Supongo que con la edad le he ido perdiendo el lado romántico a la docencia y puedo abordarla de manera más realista.
Me hice profesor normalista por necesidad. Mi padre –campesino y albañil- no podía costearme la carrera universitaria que me gustaba. Tengo ocho hermanos. Me mandaron a trabajar a la sierra, donde perdí un año, (mis alumnos no hablaban español y yo no entendía el náhuatl –cosas del sistema-) pero desarrollé mi afición a la lectura. En verano estudié la normal superior en la especialidad de matemáticas y cuando me cambiaron (de la sierra al valle de Tehuacán), pude trabajar y estudiar –el bachillerato y luego ingeniería civil- siempre con la idea de enseñar matemáticas en secundaria o bachillerato. Estudiando el bachillerato tuve mi primer desencanto, aprendí más matemáticas que en la normal superior.
Me hice profesor normalista por necesidad. Mi padre –campesino y albañil- no podía costearme la carrera universitaria que me gustaba. Tengo ocho hermanos. Me mandaron a trabajar a la sierra, donde perdí un año, (mis alumnos no hablaban español y yo no entendía el náhuatl –cosas del sistema-) pero desarrollé mi afición a la lectura. En verano estudié la normal superior en la especialidad de matemáticas y cuando me cambiaron (de la sierra al valle de Tehuacán), pude trabajar y estudiar –el bachillerato y luego ingeniería civil- siempre con la idea de enseñar matemáticas en secundaria o bachillerato. Estudiando el bachillerato tuve mi primer desencanto, aprendí más matemáticas que en la normal superior.
Me casé y le decía a mi esposa –que también es profesora- cuando por fin conseguí dar clases de matemáticas en bachillerato, que me gustaba tanto lo que hacía, que lo haría aunque no me pagaran (no puedo poner aquí lo que me dijo). Para conseguirlo, ya había cometido el error de abandonar mi plaza, pues como dijo Garizurieta: “vivir fuera del presupuesto, es vivir en el error”. Desde entonces voy de la “seca a la meca” trabajando todo el día para: ¿vivir mejor?
Soy normalista e ingeniero y con casi treinta años en la docencia puedo afirmar que en la mayoría de los talleres a los que he asistido, los profesores normalistas acusan a los profesionistas profesores de no ser maestros de humanidad; de dominar los conocimientos, pero de no adaptarlos al nivel de los alumnos, –y aunque en algunos casos es verdad- yo callo, porque la mayoría de mis compañeros en las escuelas donde trabajo, no son docentes de formación; sin embargo, en la docencia, como en cualquier otra disciplina, es la práctica y no la teoría la que hace al maestro y, no es que la teoría sea mala; pero, mientras no haya la voluntad de aplicarla no pasarán de ser prácticas declaradas.
Ahora se está implementando en nuestro país, una nueva reforma. La Reforma Integral de la Educación Media Superior, que tiene entre sus pilares la “profesionalización de los servicios docentes”, y comprende un programa de desarrollo docente, por lo que ahora estoy cursando “en línea” la especialidad en “competencias docentes” que busca modificar mi labor de mediación con mis alumnos, para que consiga desarrollar sus competencias para la vida.
Soy sobreviviente a varias reformas, pero es la primera en la que estoy recibiendo una capacitación seria, conociéndola primero, contrastando las prácticas tradicionales con lo que se espera que modifique de ellas, aplicando las nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación, con un nuevo modelo de planeación por competencias, que comprende entrecruzamientos y articulaciones curriculares, diseñando un nuevo modelo de evaluación que se espera sea auténtica, y culminando con una propuesta de intervención.
Desde siempre hemos tenido que cumplir con los requisitos administrativos de dosificación y planeación, pero como la planeación convenientemente es flexible, el tiempo limitado, los grupos numerosos, los recursos escasos, tenemos la justificación perfecta para terminar haciendo lo que siempre hemos hecho y porque además podemos argumentar que apenas estamos recibiendo la capacitación, a la que no le entramos todos por la resistencia natural a modificar nuestros paradigmas.
Aunque tengo mis reservas con respecto a la aplicación de la Reforma -sólo hay que ver lo que pasó con “enciclomedia”- no estoy amargado, sólo me parece injusto que los medios de comunicación y los padres de familia nos culpen de casi todo: los malos resultados en las evaluaciones nacionales e internacionales y ahora hasta de la obesidad ¿Y ellos? ¿Qué hacen?
Uno de mis profesores en la Maestría en Educación –que recientemente cursé- sostiene que la reforma también tiene el propósito de desanimar a los viejitos que no se quieren actualizar; pero aquí estoy, robándole horas al sueño y peleando todavía por hacer lo que me gusta, aunque me asalten las dudas de ¿En qué proyecto o con que problema les hago a mis alumnos significativas “las cónicas”?